|
| |
 |
|
En primer lugar, se requiere experiencia y conocimiento para elegirlo. Sólo un incauto puede pensar que es tarea sencilla. Basta entrar a una tienda y revisar los anaqueles llenos de los más diversos vinos, todos con etiquetas seductoras, para quedar deslumbrados. La confusión se vuelve presa del comprador.
Quizá, abrumado, se decida por el precio y escoja el más caro, creyendo que así se ubica en el lado seguro. Su decisión puede ser correcta, como también muy equivocada. Puede también determinar su elección la recomendación del vendedor. Empero, nada garantiza que se inspire en la buena fe y que por el contrario, tenga por finalidad encajarle un vino invendible.
Para evitar estos riesgos, lo más seguro es fijar ideas antes de salir de casa. Determinar cuál es el menú que puede ofrecer a sus invitados y qué vinos casan bien con él. Luego recordar qué marcas conoce o qué vinos ha bebido últimamente de los que guarda un buen recuerdo. También qué productores conoce y sabe que sus vinos son buenos y le vienen a la memoria como agradables.
Finalmente, qué ha leído en los diarios o libros sobre vinos. Estas reflexiones reducen el campo de la decisión y fijan ideas, evitando encontrarse frente a un horizonte demasiado amplio. También, para adquirir un buen vino el consejo de un entendido es muy valioso. En suma, que cuando abandone la tienda lleve consigo un vino de calidad a un precio razonable.
Si la elección debe tomarse sin esos antecedentes ni colaboración, es conveniente tener una idea de lo que compra y para eso hay que aprender con anticipación. Dos formas de lograrlo son: degustando vino con conocedores o leyendo libros especializados que enseñan a percibir sus virtudes, que los clasifican y recomiendan, señalando con qué comida combinan bien. El gusto por el vino se educa y una vez que se aprende, puede el conocedor explorar por su cuenta.
Pero en todo esto hay también un poco de exageración, de snobismo. El conocedor pretende en muchos casos, humillar al novicio y al fin y al cabo, todos tenemos sentidos para apreciar cuando un vino es agradable y cuando nos gusta.
Muchas veces vinos calificados de excelentes no nos agradan.
Existe pues, cierta relatividad en la clasificación de los vinos y aunque es evidente que existen principios bastante exactos para apreciar un vino, también es cierto que "sobre gustos y colores no han escrito los autores". Aquí debemos usar con prudencia nuestra personalidad. Lo que se persigue y se debe procurar es que al abandonar la tienda el comprador lleve consigo un buen vino y a un precio razonable.
Principiemos.
No se debe comprar el vino el mismo día que se va a consumir. Hecha la elección, hay que llevarlo a casa y reposarlo. Su hábitat, que se denomina cava o bodega, debe ser oscuro, fresco y hasta húmedo, sin ruidos o trepidaciones. Ahí debe descansar echado y con el pico ligeramente más bajo, para permitir que el corcho se mantenga húmedo, lo que lo hincha, volviéndolo hermético, para la perfecta conservación del vino. El vino, como el hombre, tiene infancia, juventud, madurez y senectud, y para su desarrollo, ambos requieren un ambiente tranquilo, apropiado para el reposo.
El vino en su infancia tiene personalidad y características propias. Su color dominante es morado, por la concentración y calidad de los taninos.
Su olor se llama "aroma" y proviene de la uva fresca y de la fermentación. Con el tiempo, el aroma se transforma en "bouquet", característica del vino ya maduro.
Hay vinos ligeros que se toman jóvenes y otros que deben añejarse. En un principio, los vinos de "guarda" se afinan y el color evoluciona a rojo rubí; los taninos se depuran precipitándose una parte con las materias colorantes y las demás se amalgaman en forma estrecha con diversos componentes del vino.
Es este sabor el que más caracteriza al vino tinto y lo diferencia del blanco, que no contiene tanino.
Servir vinos viejos ya torcidos u oxidados, es demostrar ignorancia. Hay que evitarlo. Mostrar con orgullo la fecha de la etiqueta y afirmar con jactancia que tiene más de medio siglo, solo revela fanfarronada.
Hay vinos que pueden conservarse muchos años, son los más fuertes y los que tienen más cuerpo. Otros, que deben beberse de inmediato o en el lapso de unos pocos años, son los ligeros.
El conocedor aprecia esta diferencia y sabe cuál es el tiempo oportuno en cada caso. Naturalmente, la botella se guarda con la etiqueta hacia arriba, para conocer el vino, sin tener que mover la botella.
|