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Cómo beber el vino
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El bebedor se concentra en su copa y se prepara para disfrutar de todos los placeres que le pueda brindar el vino.

En primer término, el visual. Para ello, inclinará su copa y contra la luz, apreciará sus colores y matices; sus variaciones. Para no privar de esa fiesta de color a los aficionados del buen vino, Dios desoyó el ruego de los bebedores que le pedían que el vino fuera incoloro y el agua roja, para que así los taberneros no pudieran bautizar al vino.

Luego, el olfato, para lo cual el aficionado, tomándola por el pie, girará la copa de derecha a izquierda, para incrementar su "bouquet" y apreciarlo con atención y agrado, tratando de individualizar cada uno de los diversos olores que se revelan.

Por último, la mayor satisfacción: la del gusto, que comprende tres momentos: el sabor inicial, el medio y el final.

Para lograrlo precisa revolver el vino dentro de la boca y luego, ponerlo bajo la lengua y aspirar. Se consigue así la intervención de todas las papilas gustativas y la aparición de todos los sabores del vino. La razón de todas estas maniobras, que suelen producir graciosas situaciones, se debe a que existe en cada parte de la boca una especialización para captar determinado sabor. Por ejemplo, la punta de la lengua percibe el dulce; sus bordes laterales, la acidez; y el fondo, el amargo. En este orden, se presenta en el cerebro esas sensaciones. Por eso, la degustación requiere tiempo y atención.

Llega así el momento supremo: emitir opinión. Resumir todas las expresiones de color, perfume y sabor y formular una apreciación final del vino.

Los sentidos intervinientes tienen extraordinaria memoria y con atención, el bebedor cuidadoso puede establecer comparaciones con experiencias pasadas e individualizar colores, perfumes, y sabores, calificándolos. Para expresar esa opinión, existe un vocabulario propio que se consigna al final de este tratado.

Estamos frente al bebedor culto.